10/04/2021 Revista Noticias - Nota - Internacionales - Pag. 86

Apartheid sanitario
CLAUDIO FANTINI
En la lucha contra la pandemia, haber partido de un “sálvese quien pueda” conduce a un mundo de salvados y desguarnecidos.

Como el punto de partida fue un sálvese quien pueda, en lugar de haber marchado hacia un “Estado sanitario de bienestar”, el mundo parece encaminado hacia un “apartheid sanitario”.
Eso sugiere que haya países hablando de carnet de vacunación y de pasaportes sanitarios.
Si se partió de un sálvese quien pueda, el punto de arribo es un mundo con salvados y desguarnecidos.
Apartheid significa “separar” en afrikáans, el idioma de la minoría blanca sudafricana. Esa palabra denominó al sistema de segregación racial impuesto en 1948, por el cual los “no blancos” tenían vedados los sitios habitados y transitados por los blancos. El mismo término ayuda a imaginar el mundo al que podría encaminarse la humanidad empujada por el Covid.
La realidad impuesta por un virus desconocido es tan inédita que implicó una prueba crucial para la especie. La forma de enfrentarla: o bien generaría optimismo sobre la condición humana, o bien abonaría el escepticismo.
Por primera vez en la historia, la humanidad se enfrentó a un enemigo común: una pandemia totalmente globalizada. A diferencia de pandemias anteriores, como la poliomielitis o el Sida, con modalidades de transmisión más complejas y limitadas, al tratarse de una infección respiratoria su capacidad de contagio es ilimitada porque la vía por la que se expande es el aire.
Cuando se calibró su letalidad, la proyección estadística mostró la devastación que alcanzará si la ciencia no logra detenerla. Y debe detenerla a tiempo, porque la vacunación debe ganarle la carrera a las mutaciones del virus.
Ante semejante situación, sin antecedentes en la historia, corresponde pararse en el “deber ser”: la conformación de una alianza global antipandemia para combatirla simultáneamente en todo el planeta.
Si el virus no tiene fronteras, tampoco debe tenerlas la lucha para contenerlo. En el terreno del deber ser impera la lógica pura y esa lógica muestra el absurdo de las fronteras y de los intereses estatales y empresariales.
Lo lógico habría sido que las potencias conformaran un comando conjunto que dirija la obtención de fórmulas inmunológicas, la producción universal de vacunas y la realización de campañas globales de vacunación.
En la dimensión del deber ser, el comando global lograría que todos los países puedan producir vacunas en sus territorios en lugar de esperar que, por efecto derrame, les lleguen en aviones desde los países de origen.
Los laboratorios tienen derecho a obtener ganancias por las vacunas que crean, pero un liderazgo global debió compatibilizar ese derecho empresarial con el deber histórico de vacunar al mundo con la mayor velocidad y simultaneidad posible.
La humanidad presenció la proeza científica de crear vacunas eficaces y seguras en tiempos récord, pero luego llegó el fracaso político y humano: laboratorios y estados no cedieron las fórmulas y los permisos para que sus vacunas puedan producirse simultáneamente en la máxima cantidad posible de países. Las fronteras impidieron el libre tránsito de esas fórmulas y permisos.
Si un edificio se incendia, quien logre apagar las llamas en su departamento no puede relajarse y sentirse seguro. Si hay fuego en el edificio, en algún momento llegará de nuevo al departamento o fundirá la estructura de acero, derrumbándolo como las torres gemelas de Manhattan. O se apaga el incendio en todo el edificio, o todos los departamentos seguirán en riesgo y tarde o temprano resultarán destruidos.
Algo similar plantean el calentamiento global y la pandemia. Ante amenazas globales, las respuestas deben ser globales. De nada sirve que un país o región reduzca la emisión de gases con efecto invernadero, si otros países y regiones no lo hacen. No existe la salvación individual. Pero en el caso de la pandemia, existe la mejoría individual momentánea, cuya duración depende de las posibilidades de mantener alejados a los infectados, algo que la globalización económica impide sostener de manera indefinida.
Al descubrirse ante una amenaza sin precedentes, podía aflorar lo mejor de la naturaleza humana. Pero las vacunaciones de privilegio, las fiestas clandestinas, las migraciones vacacionales y las disputas por mayores ganancias y posicionamientos de liderazgo mundial, muestran el rasgo oscuro que hizo afirmar a Hobbes que “el hombre es el lobo del hombre”.
El Papa Francisco lo resume en el reclamo de una justa distribución de las vacunas. Pero no se trata sólo de justicia distributiva. Se trata de lógica pura.
Si norteamericanos y soviéticos hubiesen comenzado su Guerra Fría cuando existía y se expandía el Tercer Reich, Hitler no habría sido derrotado. Un devastador enemigo común impone alianzas tan impensadas como indispensables. Un enemigo excepcional exige medidas excepcionales.
Desde su irrupción, el coronavirus fue visto como un “enemigo invisible” que ataca a la humanidad. Para enfrentar a un enemigo común, lo lógico es un frente común. Pero las superpotencias convirtieron la pandemia en otro escenario de sus competencias por el liderazgo mundial.
Trump habló de “virus chino”, haciendo de la pandemia un arma para atacar a China. Pero el gigante asiático, que lo cuestionó por lanzar esos golpes bajos, mostró la misma calaña al bautizar vacuna china y fármaco chino a las dos vacunas que creó.
Sinovac es el nombre del laboratorio que la produce pero significa vacuna china. La otra es Sinopharm. El prefijo “sino”, más que al país en sí, hace referencia a “lo chino”, por ende es un concepto cultural que alude a todo lo producido en China.
Mientras las potencias más ricas de Occidente acumulan vacunas sin pensar en el desabastecimiento del resto del mundo, Vladimir Putin convierte la vacuna del laboratorio Gamaleya en instrumento de propaganda nacionalista y en ficha del tablero geopolítico. Por eso en lugar de llevar el nombre de la prestigiosa institución científica que la creo, la vacuna se llama Sputnik, evocando a la primera victoria rusa contra Estados Unidos en la carrera espacial, cuando puso en órbita el primer satélite en 1957.
Llamarse vacuna Gamaleya apuntalaría la confianza que merece ese instituto cuyo prestigio tiene origen decimonónico.
La competencia entre superpotencias, en lugar de la lucha mancomunada contra un enemigo común, señala que la humanidad está en riego de apartheid sanitario.

* PROFESOR y mentor de Ciencia Política, Universidad Empresarial Siglo 21.



VACUNAS.
Yemen, devastado por la guerra y la pobreza, recibió vacunas el último fin de semana.
Biden y Putin ponderan el éxito de sus planes de vacunación.


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